Es oficial: 2019 fue el año de María Medem . Fueron doce meses en los que de repente, el reconocible (y ya archiconocido) estilo de la artista hizo acto de presencia hasta en los rincones más inesperados. Ya no es solo que la sevillana convirtiera su cuenta de Instagram en visita obligada con más de cien mil seguidores, sino que también publicó su cómic aclamado cómic Cenit y se lanzó a las colaboraciones internacionales. Sus trabajos han aparecido en The New York Times, lo que puede considerarse una cima en sí mismo. Pero también se ha popularizado particularmente cuando diferentes artistas del mundo de la música han recurrido a ella para ilustrar sus discos, desde el indie de Jay Som hasta el indie rock más masivo de Bombay Bicycle Club.
Y eso es solo el principio… Pero, ojo, porque que esto sea el principio para esta artista no significa que sea la única con este estilo. Tampoco la primera. Grandes superficies de color, degradados y contrastes antinaturales, limpieza de líneas, pureza de formas… Así es el estilo de María Medem. Pero es un estilo que puede rastrearse en una línea genealógica con dos paradas fundamentales. Primero, Olivier Schrauwen , ilustrador y autor de cómics popular gracias a Arsène Schrauwen , una serie de novelas gráficas en las que retrató la biografía de su abuelo y donde este estilo gráfico está mucho más que presente. Y, si Olivier es la parada anterior a Medem, resulta inevitable considerar a Raymond Pettibon como la estación de partida. Aunque, al fin y al cabo, ¿no es Pettibon el punto de origen de tantas otras tendencias estéticas de las últimas décadas?
A medio camino entre el cómic y el pop-art, surfeando a lomos de la viñeta en un mar que separa el arte del diseño, hay muchos otros autores además de Medem. Autores como, por ejemplo, Jesse Jacobs y sus surrealistas mundos extraterrestres. También Wenkai Mao y sus escenas futuristas oníricas. Aunque, curiosamente, este es un estilo que está sublimándose en manos de artistas españolas… Ana Galvañ , por ejemplo, se aleja del minimalismo para explorar retablos barrocos repletos de dobles sentidos estéticos. Y Cristina Daura apuesta por una poética visual menos etérea y más terrenal, a veces incluso agresiva. Sea como sea, todos ellos están explorando un terreno inusual que obliga a plantearse que, si la década anterior vivimos el debate sobre los límites en la relación entre diseño y arte, es probable que en los diez años que tenemos por delante la cuestión sea donde acaba el arte y empieza el cómic. Y al revés también.

