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ESPAÑA 1982, LA COPA MUNDIAL DEL CAMBIO

Cuando el congreso de la FIFA de 1964 decidió que España sería la sede de la Copa del Mundo de 1982, no sabía la evolución que sufriría la futura sede en esos 18 años. Se enterraba la dictadura y todos apostaban por dar una imagen de modernidad, aunque nadie tuviera muy claro qué significaba eso.

Para algunos se trataba de remodelar el Camp Nou para convertirlo en el estadio más grande de Europa, para otros era construir Torrespaña, una torre de telecomunicaciones que definió el skyline de Madrid. Fue la organización con mayor número de sedes, con 17 estadios en 14 ciudades, con grupos localizados en zonas para disminuir los trayectos entre partidos. Cada una de las ciudades tenía un cartel propio, creados por algunos de los nombres más brillantes; Antoni Tàpies (Barcelona), Chillida (Bilbao) o Antonio Saura (Sevilla). El cartel oficial del campeonato era una obra de Joan Miró, iniciando un giro artístico que luego se ha mantenido en otros eventos deportivos.

Para elegir a la mascota se organizó un concurso al que llegaron tres finalistas; un niño torero, un toro y una naranja, que fue finalmente la seleccionada, quizás en un intento de alejarse de los tópicos. Naranjito, creado por una agencia de publicidad sevillana, fue criticado a la vez por rupturista y por asociarse al pasado. Tras convertirse en ganador fue adquirido por West Nally, la agencia que definió el marketing deportivo. Fue uno de sus primeros éxitos comerciales y se convirtió en un verdadero icono para una generación, con una serie de animación propia y todo tipo de productos decorados con la primera mascota-fruta de la historia del mundial.

El marketing deportivo aun no había llegado a los deportistas, al menos a ese nivel; 13 de las 24 selecciones llevaban adidas y dos más Le Coq Sportif (una marca entonces propiedad de Horst Dassler, el presidente de adidas). Pero el curioso vencedor fue Italia, que llevaba un uniforme sin marca visible. Para la Federación Italiana de Fútbol colocar un logotipo en la camiseta era una muestra de desprecio, por lo que el gallo de Le Coq Sportif podía verse en la ropa de entrenamiento y calentamiento, pero no en la de juego.

Ese es el motivo por el que los jugadores italianos escuchaban el himno con la chaqueta de entrenamiento, a pesar de los 30 grados del verano español. Italia se hacía con la victoria después de haber empatado los tres primeros partidos mientras la selección brasileña fue uno de los mejores equipos de la historia entre los que quedaron sin premio. Algunos de los jugadores presentes en aquella Copa Mundial ficharon por clubes españoles y se convirtieron en ídolos locales y globales como Thomas N´Kono, Mágico Gonzalez o Maradona.

Para la selección española fue un fracaso deportivo, pero la organización consiguió cambiar la imagen politizada de anteriores Copas Mundiales por algo completamente nuevo. Un grupo ilusionado, desbordado de energía, reflejaba sus nuevos valores en un evento deportivo que quedó marcado como referente organizativo y como una ilusión para la sociedad. Una Copa Mundial que siempre será asociada a una ruptura con el pasado y con un atrevido modo de enfrentarse al futuro.