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INFLUENCERS VIRTUALES, ¿DEBERÍAN TEMBLAR LOS INFLUENCERS (REALES)?

Lil Miquela, Shudu, Bermuda, Margot, Blawko, Zhi… Los influencers virtuales ya está entre nosotros, acaparan los followers y los likes de Instagram y, como no podía ser de otra forma, las marcas están locas por trabajar con ellos. Porque no les dan problemas. Y porque pueden hacer con ellos lo que quieran siempre que paguen. Así que es necesario preguntar: ¿deberían estar temblando los influencers reales ante el advenimiento de sus rivales virtuales?

Reconozcámoslo: el auge de una figura tan siglo XXI como la del influencer se basa, principalmente, en la relación amor/odio que mantienen con quienes consumen su vida a través de las redes sociales. Se les adora por lo que tienen de aspiracional, se les odia por lo que tienen de postureo. Y, de hecho, esta base de amor/odio también está en su relación con la industria: se les adora porque su product placement es más efectivo que el de la publicidad de toda la vida, pero se les odia por lo que tienen de imprevisibles.

Esa imprevisibilidad, de hecho, puede ser lo que haga que la balanza de los influencers se vaya decantando poco a poco desde el lado de lo real al de lo virtual. Y es que, en los últimos tiempos, estamos viviendo el glorioso nacimiento de la versión virtual de los influencers: seres digitales surgidos de estudios creativos con una imagen impecable pero, sobre todo, con una personalidad a prueba de balas que nunca dará ningún susto a la industria. Son el culmen de la docilidad, y eso no podría gustarle más a un capitalismo salvaje regido por estadísticas y por el ching-ching del dinero.

El primero objetivo de todo influencer virtual es, fundamentalmente, tener una apariencia lo más real posible. Y eso es algo que la tecnología actual puede ofrecer de forma sobrada con una resolución de imagen preparada para petar Instagram. Ahí está el caso, por ejemplo, de la creación del fotógrafo inglés Cameron-James Wilson: Shudu, una imponente influencer basada en supermodelos como Alek Wek o Duckie Thot que, de hecho, incluso acaba de protagonizar una campaña para Balmain acompañada de sus colegas (también virtuales) Margot y Zhi. Juntas ya son la #balmainarmy virtual. Y seguro que son una armada más maleable que la formada por las caprichosas celebrities que suelen rodear a Olivier Rousteing.

Shudu tiene 157k de seguidores en Instagram. Y tú te preguntarás: ¿cómo va a ser entonces una amenaza para Kylie Jenner y sus 124M de followers? Pero, cuidado, porque sí que hay una influencer virtual que ha franqueado esa barrera que va de los Ks a los Ms, y es Miquela Sousa, más conocida por Lil Miquela. Con 1.5M de followers, esta influencer virtual tiene una personalidad mucho más definida y sugerente que la de Shudu, y puede que ahí resida el secreto de su éxito. Habitual defensora de causas humanitarias y activista de los derechos de las comunidades LGBTIQ y afroamericana, Lil Miquela no deja de protagonizar portadas, concatenar colaboraciones con marcas (acaba de ser imagen de Ambush) e incluso asiste a desfiles como el más reciente de Prada en Milán.

Detrás de esta influencer de –ficticio– origen brasileño está la startup americana Brud, especializada en inteligencia artificial y robótica. Su creador fue Trevor McFedries, que recientemente ha vuelto a sorprender con la creación de otros dos influencers virtuales, Blawko, un chaval obsesionado con la streetwear y el hip-hop, y Bermuda, una chica pro-Trump que se dio a conocer ‘secuestrando’ las redes sociales de Miquela durante unas horas. Estas nuevas creaciones de McFedries dejan claro cuál es el camino a seguir por los influencers virtuales en su conquista del pastel copado por los influencers reales: personalidades más complejas y profundas que interpreten pequeños dramas humanos pero que, de hecho, seduzcan a públicos más nicho. ¿Deberían temblar los influencers reales ante el grado de sofisticación y efectividad que están alcanzando sus rivales virtuales? Solo el tiempo dará respuesta a esta pregunta.