Keith Haring es uno de esos artistas que todo el mundo sitúa inmediatamente al leer su nombre. Lo más probable, de hecho, es que te haya bastado con leer su apellido en el titular para pensar inmediatamente en su reconocible obra habitada por figuras humanas reducidas a siluetas básicas rodeadas de líneas quinéticas en las que queda implícito cierto movimiento rítmico. Y, de hecho, también es más que probable que hayas pensado en Haring como una de las figuras más importantes de la lucha de la comunidad LGBTIQ en los años 80 y parte de los 90.
¿POR QUÉ ES TAN IMPORTANTE KEITH HARING PARA LA COMUNIDAD LGBTIQ (Y PARA EL ARTE EN GENERAL)?

Está claro que Keith Haring ha sido uno de los artistas más influyentes en las últimas décadas. Pero, precisamente por eso, no está de más preguntar: ¿por qué es tan importante para la comunidad LGBITQ en particular y para el mundo del arte en general?
Es normal. Estamos en junio, que es el mes del Orgullo. Pero, precisamente a tenor de esta asociación, es necesario preguntar: ¿por qué es tan importante Keith Haring dentro de las reivindicaciones de la comunidad LGBTIQ? ¿Por qué se recurre a él con tanta frecuencia como punta de lanza de este movimiento cuando, de hecho, resulta que nunca llegó a salir del armario delante de sus padres, que siempre creyeron la historia alternativa de que sus sucesivas parejas eran sus guardaespaldas?

Empecemos por el principio: Keith Haring nació en Pennsylvania el 4 de mayo de 1958, y fue allá precisamente donde empezó a explorar las posibilidades del arte influido mayormente por su propio padre. Pese a ello, fue su mudanza a la ciudad de Nueva York lo que acabaría por sublimar su creatividad en múltiples formas. Para empezar, allá entró en contacto con el street art y, de hecho, fue de las primeras voces en afirmar que ese mismo arte callejero tenía más derecho a estar en los museos de arte contemporáneo que muchas de las obras que suelen encontrarse en estos espacios y que están pensadas para morir entre cuatro paredes, no para ser vividas en espacios populares.
Esa fue, de hecho, la segunda gran revolución de Keith Haring: concebir el arte como algo que pertenece al pueblo por derecho propio. Por eso mismo nunca dejó de hacer murales en lugares públicos. Por eso mismo hacia garabatos para todo aquel que se lo pidiera, por mucho que algunos colegas artistas más avispados le advirtieran que eso devaluaría el precio de su obra. Pero a Haring no le interesaba el precio de su obra: le interesaba que todo el mundo pudiera acceder a ella. Y, por eso, en 1986, justo cuando sus creaciones empezaban a cotizarse a precios astronómicos, abrió su propia Pop Shop, en la que cualquiera podía comprar camisetas y juguetes y prints a precios realmente bajos. ¿Te suena esta maniobra que, definitivamente, se ha convertido en estándar del street art en los últimos años?

Pues a eso hay que sumar que trabajó con marcas como Swatch o Absolut sin que se le cayeran los anillos. Y, sobre todo, hay que añadir que hizo todo lo anterior sin perder de vista lo que era más importante para sí mismo: que su obra fuera transmisora de una mensaje poderoso capaz de mejorar la sociedad del momento. Su obras advertían de los peligros de la droga en zonas excluidas y, sobre todo, hablaban del sexo como algo maravilloso lejos del tabú habitual. Su trabajo afrontaba la amenaza del crack con colores luminosos a la vez que daba visibilidad a una comunidad gay que, con la sombra del VIH, estaba necesitada de ser representada con un optimismo vitalista lejos de la imagen sórdida que tenía gran parte de la sociedad en aquel momento. Sus obras hablaban de diversión, de comunidad y de sexo. Sexo de la forma más natural posible. De hecho, el mismo Haring mismo gozaba de una sexualidad exuberante (por mucho que nunca se lo dijera a sus padres) y se convirtió en una de las voces más elocuentes a la hora de luchar por la normalización de la comunidad LGBTIQ.
Al fin y al cabo, ese era su secreto: tomar el espacio público para llenarlo con grandes murales de estilo optimista con un contagioso mensaje de optimismo social. Por eso, tanto tiempo después de que muriera en 1991 por complicaciones de salud causadas por el virus del sida, Keith Haring sigue siendo un artista tan valioso para la comunidad LGBTIQ en concreto y para el mundo del arte en general. Por eso sigue siendo un artista eterno.



